Diego Gándara: “Hay una unión entre la literatura y la vida”

Foto de Vicens Giménez

Movimiento único es la primera novela de Diego Gándara, periodista, corrector y editor, radicado en Barcelona desde 2001. Este libro es el viaje de su protagonista a la tierra de origen de su padre y abuelos pero es también el viaje de autoconocimiento y realización de un destino de escritor que se había empezado a escribir muchos años antes en Argentina.

Para Gándara, egresado y ex docente del Instituto Don Bosco de Ramos Mejía, escribir es parte de todos los actos de la vida. “Es como respirar para mí”, dice a sus 46 años recordando la escritura de poemas en los bancos del colegio, las primeras intervenciones en la publicación “Voces salesianas”, las entrevistas a escritores y las reseñas que siempre escribía para medios alejados de su cotidianidad como La Voz del Interior (Córdoba), El Día (La Plata) o La Capital (Rosario), entre otros. Gándara presentó su novela el 13 de abril en el Don Bosco donde recibió un cálido abrazo local de sus ex compañeros, amigos, antiguos colegas y jóvenes ávidos de conocer a un egresado que se fue a Europa y volvió con un libro propio bajo el brazo. Una novela de iniciación, imperfecta, según su autor, pero auténtica y conmovedora.

-NDO: ¿Por qué ese camino inexorablemente ligado a la escritura debía hacerse lejos del nido?

-Diego Gándara: Creo que a muchos escritores les ha pasado lo mismo, necesitan moverse para encontrar el lugar de escritura. Eso da una mirada interesante sobre la propia cultura. Cuando te alejás de tu lugar de origen te das cuenta de que no sólo te alejás en el espacio sino que también quedás lejos en el tiempo. Yo hablo un poco raro a veces, recuerdo cosas que no son, mi recuerdo de esta ciudad no tiene que ver con lo que es actualmente, pero creo que el Ramos Mejía de hoy no va a reemplazar nunca el que dejé. Tengo un sueño recurrente en el que llego aquí, camino por Avenida De Mayo y nadie me conoce, la gente me resulta extraña y voy a la casa de mi madre y no llego nunca, comienzo a desesperarme porque no tengo lugar en Ramos, más que la memoria.

-NDO: ¿Cómo encontraste a Ramos Mejía ahora?

-D.G: Me parece una ciudad grande, con muchísima más vida, que ha crecido y no tiene ya que ver con ese barrio de casas bajas y lluvia del que hablo en el libro. Hay miles de bares y me encanta, parece BarcelonaAunque hay lugares que no han cambiado tanto y son los que están más alejados del centro, por ejemplo al Club Huracán de San Justo, el Colegio, el Ateneo Don Bosco, el Oratorio. En Ramos he leído mucho, en sus bares en las horas muertas cuando trabajaba en el Colegio o antes de ir a ver a mi novia. La gente me miraba un poco raro. Empecé a ir a los bares a leer cuando estudiaba Comunicación pero nunca escribí ahí.

-NDO: Santiago Novoa, el narrador, menciona con frecuencia el destino. ¿La escritura era una convicción o un deseo?

-D.G: La verdad es que nunca dije ‘Quiero ser escritor’ pero siempre fue evidente que me gustaba escribir. Tenía cierta vergüenza o pensaba que no sabía, que tenía que escribir una novela o cuentos como determinado autor. Lo que sí quería era aprender a escribir y con el tiempo me di cuenta de que lo que hacía era entrevistar a los escritores, leerlos entre líneas, mirarlos en lo que hacían y en lo que no. Los leía mucho para entrevistarlos, eso a su vez me llevó a las editoriales para conseguir sus libros. Por eso lo que me pasó no fue tanto un destino unido a un deseo sino que fue más bien reconocer un destino, y yo tardé mucho en hacerlo. Antes de eso escribí informes de lectura, conferencias y hasta un atlas. Pasé por todos los géneros bastardos habidos y por haber. Con el tiempo me pregunté para qué había hecho todo ese movimiento. ¿Para estar en Barcelona muriéndome a veces de hambre? Entonces pensé que este destino se tenía que escribir. Hacer este libro fue reconocerme como una persona que escribía, que tenía que hacerlo, soltarse. Así también la novela comienza en un tono contenido y después me suelto y pareciera que todo me importa muy poco.

-NDO: El protagonista dice que no había ido a Barcelona con un sueño burgués, buscando una vida mejor sino que lo que quería era hacer allí un ejercicio diario de libertad (frase de Sergio Pitol), ¿Qué entendía por libertad?

-D.G: Hacer lo que se le diera la gana, vestirse y peinarse como quisiera. Barcelona es un espacio de libertad porque hay mucho respeto a la diferencia, a los goces de las personas. Aquí me llama la atención que las puertas de las casas siempre estén cerradas y en Barcelona está prohibido por ley que las puertas estén cerradas las 24 horas. Es un espacio de libertad también porque allí hice algunas cosas por primera vez y otras que nunca pensé que haría. Hay que decir igual que la gente de allá puede ser muy fría. Podés entrar a un lugar y no saludar a nadie, algo que acá sería de mala educación. Pero bueno, la libertad de moverme como quisiera, de alguna manera la había perdido en Buenos Aires por obligaciones familiares y demás.

Alejandro Vassallo, Diego Gándara y Liliana Domenichini en el Instituto Don Bosco.

-NDO: La novela tiene un lenguaje llano, coloquial ¿Esto tiene que ver con escribir en primera persona acerca de las experiencias directas o es resultado de la cercanía con el periodismo?

-D.G: Intenté que hubiera una escritura ágil, con una cierta levedad. Ítalo Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio” habla de la literatura del porvenir caracterizada por la levedad y al mismo tiempo por la profundidad. El periodismo me ayudó a decir lo que tenía que decir y no otra cosa. También busqué la musicalidad del texto y ahí entran las repeticiones de frases como “periodista cultural” o “mi barrio común de casas bajas y lluvia”. Pienso en cómo sonarán las palabras, además de dejar claro el argumento o ciertas cosas que quiero que queden resonando en el lector. La pensé como una novela para ser contada a alguien. Creo que ése es mi estilo.

-NDO: Algo muy interesante del texto es cómo se muestra a los escritores. Resulta imposible hacer una generalización sobre ellos, pensar en la vanidad como un rasgo común.

-D.G: Es que no hay un “mundo de escritores” , sino que hay personas determinadas que tienen nombre y apellido en este libro como Roberto Bolaño, Rodrigo Fresán, Enrique Vila Matas que me han ayudado un montón, de verdad. Están los escritores que se fascinan con el poder y los que no quieren tener nada que ver con él y defienden a ultranza su independencia como Bolaño, para quien la literatura era un oficio peligroso y quien se lanzaba a ella debía estar dispuesto a entrar en un cuarto lleno de animales salvajes. Esos contrapesos están en la novela.

-NDO: El relato está anclado en el mundo literario y del periodismo free lance que ejerciste mucho tiempo, ¿Qué tiene de universal esta novela para interpelar  a cualquier lector ajeno a esos mundos?  

-D.G: No quería que fuera una novela literatosa. Obviamente, la literatura es parte de mi vida y me ayudó a vivir porque me reveló cosas de mí mismo y eso forma parte de mi biografía tanto como el haber nacido en Buenos Aires en 1971. Hay una unión entre la literatura y la vida. Lo que creo que tiene de universal es que la literatura sin experiencia no tiene mucho valor. No es una novela intelectual aunque se note que el loco lee bastante pero tampoco se hace el canchero porque empieza una novela de Vila Matas y la deja, no entiende un texto de Bolaño, etc. Con eso perdí la vergüenza, fue sacarme la careta y sacársela también a otros que se hacen los cancheros. Intenté que se viera la vida en este libro, sin autoficción. Hay una historia de dolor, de pérdidas pero que gracias a la literatura, se convierte en una historia de felicidad.

“Movimiento único” inicia su camino para confirmar un destino que vaticinaban quienes ya conocían a su autor. Feliz y seguro de sí, Diego Gándara concluye: “Ahora puedo ser el escritor que quiera”.

 

Griselda Marina López

Especial para Novedades del Oeste

 

 

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