El secreto que guardamos

Todos los seres humanos guardamos algún secreto. Y esto no es cuestión solo de individuos, también los Estados lo hacen, argumentando razones de seguridad, ¿Qué guerra no tiene sus secretos? Las empresas guardan celosamente el próximo lanzamiento de algún producto, etc. Toda estrategia hasta que se hace pública es secreta para cuidar los propios intereses, para que no se adelante la competencia. No hay político en campaña que explicite lo que piensa hacer. Toda persona no se siente totalmente integrada a un grupo hasta tanto no haya compartido algún secreto de esa pequeña sociedad. Hay secretos de familia, de los cuales no se habla pero todos saben. La iglesia ha ocultado sus propios pecados.

Junto al secreto existe la mentira para poder resguardar al secreto, junto a la mentira aparece la sospecha que es su sombra permanente y con la sospecha sobreviene el espionaje. Por el simple hecho de que hay secretos existe la necesidad de descubrirlos, entonces surge la necesidad de la indagación que se da en sus más variadas dimensiones y con medios de muy simples como revisar el celular de una persona a muy sofisticados como los hackers internacionales o como Wiki leaks.

El secreto necesita resguardar cierto poder alcanzado o que se aspira a alcanzar, la política es un claro ejemplo de la necesidad de lealtad. Los medios de comunicación saben muy bien cómo alterar, modificar, clasificar, elegir, qué se dice y qué no se dice acerca de hechos reales. Como la realidad siempre es parcial y depende del punto de vista en el que estemos, fácilmente se presta a la manipulación. ¿No existen acaso las biografías autorizadas? ¿Las sectas acaso no tienen códigos secretos y juramentos para respetarlos? De este modo, la sociedad nos muestra que para estar a salvo (vaya a saber de qué) hay que mantener algún secreto.

Pero yendo al plano individual, ¿Para qué una persona querrá mantener un secreto?
¿Será para esconder algo muy íntimo, será para no sentirnos avergonzados frente a otros, será para no quedar al descubierto frente a desconocidos, será para preservar nuestra conducta moral? Indudablemente tiene un carácter protector de uno mismo. Si lo secreto no tuviera este ingrediente protector no necesitaría ser secreto. Lo no dicho es algo no bien visto por uno mismo y por un posible otro, por eso no queremos que se entere. Generalmente quien sufre las consecuencias es la verdad, dándole fácil paso a la mentira. Pero ¿acaso no hay mentiras piadosas? Mantener un secreto y hasta mentir puede ser para cuidar al otro de un sufrimiento mayor.

También sabemos que hay personas que no pueden guardar ningún secreto, (guardar implica no dar a la luz, protegerlo) que necesariamente lo tienen que compartir con alguien, y aquí es cuando aparecen los riesgos. Nos podemos sentir traicionados si alguien cuenta algún secreto que hemos compartido con alguien, sin advertir que si esa persona le pasa lo mismo que a nosotros, es decir, no puede guardar un secreto, lo contará como lo contamos nosotros, entonces ¿quién es el primer traidor?

Guardar un secreto conlleva una pesada carga, por eso existen los confesionarios y los consultorios psicológicos para contar lo hasta el momento incontable.

Hay secretos que tienen protección propia, institucionalizada, el secreto profesional. Las personas aquí, cuando cuentan un secreto, no confían en la persona sino en el profesional, en el rol de la persona y no en la persona en sí misma, como en el caso anterior.

Todavía podemos avanzar algo más, es cierto que existe un límite entre lo público y lo íntimo. Somos seres sociales donde generalmente mostramos la mejor cara y somos seres íntimos entre quienes sentimos más cercanos. Cualquier maltratador lo hace en el seno de la familia y es muy buen vecino, cualquier abusador o violador, lo hace con sus vínculos más próximos y hasta puede ser un hombre público muy reconocido. Es el famoso Dr. Jekyll y Mister Hyde.
Junto a esta necesidad de secretos y a este límite entre lo público y lo privado, existe actualmente una paradoja, hacer público lo privado, eso es lo que intentan los reality. Es la necesidad de ser “famoso” a cualquier costo. Fama totalmente efímera que otorga una cierta identidad por un breve tiempo. Lo que subyace justamente es una profunda falta de identidad, un mal común de nuestro tiempo, que se llena de insustancialidad e inautenticidad porque en el fondo, los partícipes se sienten nadie. Dinero rápido, fama rápida, pero belleza y juventud eterna, qué buen cóctel para la televisión y los cirujanos plásticos mediáticos.
Y para terminar estos pensamientos, no nos olvidemos de guardar bien nuestro secreto: necesitamos ser amados.

Susana Signorelli
Presidenta de Fundación CAPAC

Especial para Novedades del Oeste

 

 

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