Feminismo y trata, una relación imposible

La cita del sábado 6 de abril en la Casa de la Cultura Diego Armando Maradona (Haedo) era para hablar de Feminismo y Trata. La RATT (Red Alto al Tráfico y a la Trata) organizó el encuentro en momentos en que avanzan los intentos por consensuar al interior del movimiento feminista los proyectos que regulan la prostitución como trabajo. Viviana Caminos, presidenta de la RATT y ex directora del Programa de Rescate de Víctimas de Trata de la Provincia de Buenos Aires, afirmó: “La trata no existiría sin un sistema prostituyente que explota a los cuerpos. Ese sistema prostituyente tiene sentido bajo el patriarcado, el orden social que el feminismo quiere derribar.  

Mi cuerpo no es sólo mío 

Más de una vez se ha escuchado caracterizar al cuerpo como un territorio. Pero no se trata de un territorio aislado. Desde los sectores que buscan impedir el derecho al aborto, el cuerpo femenino que alberga una vida es materia de todo tipo de decisiones colectivas. Los feminismos, por el contrario, lo reivindican como el espacio propio, soberano e inmune a las intrusiones. Así, el cuerpo no es ni más ni menos que la mujer que decide ser madre o no, pero a la vez, ¿podría ser también la mujer que decide comerciar con su sexualidad? Como sea, ese cuerpo es terreno de disputa y nada de lo que le ocurra resultará indiferente. ¿Los condicionamientos sociales y la idea de libertad que se tenga inciden en el destino de las mujeres? Caminos sintetiza la respuesta en el sistema que reserva a las mujeres un lugar subordinado: “El patriarcado hizo del cuerpo un objeto de intercambio para el placer del varón y no para nuestro propio placer”, y así se entienden tanto el porqué de la restricción al aborto para limitar la libre sexualidad como la añeja costumbre de consumir prostitución.  

Desde la RATT explican la alianza entre el patriarcado, que cosifica y controla a las mujeres, y el capitalismo, que hizo del cuerpo femenino otro objeto de consumo. Juntos han convertido a la prostitución en un negocio fabuloso que mueve millones en el mundo, compartiendo con las drogas y el comercio de armas el podio del crimen organizado mundial. La trata, que el legislador argentino definió y penalizó en 2008, hace efectivo el reclutamiento de mujeres, niñas, travestis y trans para la explotación sexual. “Si creemos que la prostitución es trabajo, no vemos la trata”, afirmó Ayelén Gómez, integrante de la organización, en respuesta a la incidencia creciente que las referentes de AMMAR (Asociación de Meretrices de Argentina) tienen en los medios de comunicación y espacios educativos buscando cosechar apoyos para reglamentar la prostitución y derogar la Ley de Trata.  

En el centro, Viviana Caminos (RATT). A la derecha, Delia Escudilla.
Foto: Gentileza de Federico Solla.

El prostíbulo y después 

Gómez describió con sumo detalle las consecuencias psíquicas que deja la venta del cuerpo en las víctimas. Las personas captadas para ser prostituidas son sometidas a lo que se denomina “proceso de ablande”, violencia física y psicológica que resulta en la pérdida de identidad y en la asunción de que se prostituye “porque quiere”. Aprenden la pasividad, no reclaman derechos y hasta rechazan cualquier ofrecimiento de ayuda para salir de la situación que las victimiza. Realizan su rutina, que puede incluir hasta 20 pases (encuentros sexuales) diarios, y para soportarla disocian su cuerpo de su mente. Esa alienación las persigue en forma de psicosis post traumática, pérdida de orientación, deliriosdesaparición del deseo sexual, vacíos de memoria y consumo problemático de drogas, aún después de abandonar la prostitución, cuando consiguen hacerlo.  

En su trabajo constante con las víctimas, los miembros de RATT advierten que no hay políticas públicas y que “ni siquiera se piensa en la recuperación de las personas víctimizadas”. La acción estatal tiene como eje los allanamientos de los lugares denunciados en los que siempre encuentran algún proxeneta o policía involucrado, según afirmaron. La prevención no funciona y el Estado aparece cuando la explotación sexual ya se consumó. Las personas victimizadas quedan a la deriva para buscar un lugar donde vivir o un trabajo aceptable. La reconstrucción de sus identidades quebradas es una tarea titánica que no tiene el acompañamiento necesario.   

Puteros, victimarios 

A menudo los clientes son el eslabón menos abordado del sistema prostituyente. Son varones educados para ser protectores, proveedores, que además, deben probar ser “machos” ante sus pares. Un kiosquero, un cura, un diputado. Cualquiera puede convertirse en prostituyente. El ritual del “verdadero” hombre serviría para ejercer poder y en ese fin se condensa todo el placer que puede extraer del sexo a la carta. Bajo este sistema, las desventajas para el varón existen, pero no se comparan con lo que padece una mujer. 

Sobrevivir a la esquina  

Delia Escudilla venía a presentar “Violación consentida”, su biografía, y a romper el clima casi solemne que reinaba en el lugar. Se puso de pie e invitó al público a sumarse a sus arengas feministas. Contó que llegó a la prostitución sola, separada, con tres hijos y una enorme necesidad económica.  Recordó la perplejidad que le había causado el consejo que recibió una vez para atraer a potenciales clientes: “Poné cara de puta”. Después de mucho debate interno y de confrontar sus verdaderos motivos, entendió: “La cara de una puta en una esquina es la cara de una mujer pobre”expresó. Pasaron 15 años desde que pudo dejar la esquina, ésa que “enferma el cuerpo”, porque según Escudilla “el putero no tiene piedad sobre tu cuerpo, no le importa nada”. La violencia no puede considerarse un trabajo, dijo quien hoy es una referente del movimiento que pugna por abolir la cultura prostituyente. Mientras se sometía para sobrevivir, Delia Escudilla increíblemente logró terminar la carrera de Psicología Social, pero admit que ésa no es la realidad de muchas otras compañeras de la calle. Las secuelas de sus años de prostitución no se van, aunque reconoc que el feminismo la ayudó y pudo así entrever cómo su experiencia podía transformarse en testimonio y herramienta de una pedagogía del abolicionismo. Así, “Violación consentida. La prostitución sin maquillaje, una autobiografía”, editado por Razón y Revolución y la agrupación feminista Trece Rosas, ya es mucho más que el libro que cuenta la historia de su vida. Es la prueba de la supervivencia y del combate contra un sistema del que todos, por aceptación expresa o simple indiferencia, somos parte.   

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Griselda Marina López 

Especial para Novedades del Oeste 

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