Lucía Pérez o la justicia ilegítima

Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de Mar del Plata. Fuente: dosisdenoticias.com

En abril de 2017 escribía una nota que preguntaba por la justicia patriarcal y demandaba la incorporación de una perspectiva de género en las interpretaciones judiciales. La escribí luego de que se diera a conocer que Sebastián Wagner, el violador y femicida de Micaela García, había sido liberado por delitos anteriores ignorando los informes que habían aconsejado su permanencia en prisión. Si miraba hacía atrás no era difícil rastrear el patrón de impunidad desde María Soledad Morales en 1990 hasta el más reciente caso de “Higui” Dejesús en 2016, algunos de los casos más resonantes de mujeres víctimas de la violencia de varones omnipotentes y señaladas por el dedo acusador de la Justicia.

Los motivos de aquella nota se actualizan. El dolor y la rabia que se generalizaron cuando en la tarde del lunes 26 se conoció la sentencia por el crimen de Lucía Pérez, no puede impedirnos la reflexión. Ironías del destino. El fallo que condenó a Matías Farías y a Pablo Offidani a 8 años de prisión sólo por vender drogas ilícitas a menores en inmediaciones de escuelas y que absolvió a Alejandro Maciel por la acusación de encubrimiento agravado fue el comentario obligado en medio de la Marcha por el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres. No había habido violación ni femicidio, sí relaciones sexuales consentidas y asfixia tóxica como causa directa de la muerte, según Pablo Viñas, Facundo Gómez Urso y Aldo Carnevale, jueces de Tribunal Oral en lo Criminal Nro. 1 de Mar del Plata.

Las implicancias éticas de la (in)justicia

Es sabido que la Justicia es la última ratio del sistema. No viene a reparar ni a devolver nada pero sus sentencias envían un mensaje: La transgresión del orden no quedará impune. Es su eficacia discursiva o performativa, según la describe la antropóloga Rita Segato. La pena es para los delincuentes una pérdida económica o el fin de su libertad. ¿Qué pasa cuando ni siquiera se da ese resultado? ¿Qué mensaje se transmite a una sociedad que no puede ver a los criminales presos por los delitos por los que fueron acusados? ¿Qué se hace con la invalidez afectiva que sienten los ciudadanos ante estos pronunciamientos? Entre la irremediable pérdida de vidas y la decadencia institucional se abre la preciosa oportunidad de cuestionar al único poder estatal cuyos integrantes se eligen por mecanismos absolutamente lejanos de la ciudadanía so pretexto de exigencias de imparcialidad y excelencia profesional. Una legitimidad cuestionable que se vuelve a poner bajo la lupa ante ciertas sentencias que nos sumergen a todos en la intranquilidad y el desamparo. ¿Qué sucede cuando los jueces emiten fallos que, bajo argumentaciones plagadas de prejuicios, resultan en la impunidad total? ¿Qué valor tienen los principios de derecho, las normas largamente negociadas y debatidas, la “sana” interpretación judicial si al final sus implicancias éticas son tan espeluznantes?

“La violencia de género sigue siendo rechazada por los operadores judiciales”, dijo Corina Fernández en abril de 2017 con sobrado conocimiento del tema. Había sobrevivido milagrosamente en 2010 al intento de femicidio a manos de su ex pareja después de haber hecho 80 denuncias en su contra y de haber peregrinado sin éxito por los tribunales al menos dos veces por semana durante años. Gabriel Arbós llevó la historia de Corina al cine y creó “No me mates” (2016), de visión imprescindible para entender la desprotección de las mujeres víctimas de violencia de género.  La mayoría de las medidas cautelares conocidas como la exclusión del hogar o la prohibición de acercamiento son civiles, se toman en carácter de urgencia, nadie vigila su cumplimiento  y apuntan a la mujer en lugar del varón violento, en una suerte de aceptación resignada de que la violencia de género no terminará o no es trabajo de la Justicia ponerle fin.  No es tan desacertado pensar que la Justicia jamás pondrá punto final a esta violencia sistemática que se encuentra mayormente en los círculos íntimos, pero no sólo en ellos. La sociedad toda debe hacerlo, pero la deserción estatal indigna, desmiente su declamada “búsqueda del bien común” y devuelve la acción a las calles. Otra vez.

El Paro Nacional de Mujeres que se prevé para la primera semana de diciembre tiene el potencial de revivir el espíritu inicial del NiUnaMenos y evidenciar nuevamente quiénes están en la primera línea de defensa de la vida, enfrentando a un Estado no ausente, sino garante del status quo patriarcal.

Convocatoria a Asamblea de cara a un nuevo Paro Nacional de Mujeres.

Griselda Marina López

 

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